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Columna: Mundial ¿para quién? Una fiesta gourmet en un país que paga a crédito

Por Brenda Uribe Durante mucho tiempo, se nos ha dicho que el fútbol era el deporte del pueblo. El juego de la calle, de la cancha de barrio y de las reuniones familiares. Pero seamos honestos, cada vez resulta más difícil reconocer esa idea en los grandes eventos futbolísticos. Ahora que viene el Mundial de…

Por Brenda Uribe

Durante mucho tiempo, se nos ha dicho que el fútbol era el deporte del pueblo. El juego de la calle, de la cancha de barrio y de las reuniones familiares.

Pero seamos honestos, cada vez resulta más difícil reconocer esa idea en los grandes eventos futbolísticos.

Ahora que viene el Mundial de 2026, surge una pregunta importante: ¿Para quién se organiza realmente este evento? Los boletos alcanzan precios que la mayoría de las familias no pueden pagar con un salario mínimo que no rebasa los 300 pesos diarios.

Incluso una playera en el puesto ambulante oscila los 500 pesos, siendo una copia de la marca original.

Los establecimientos que desean transmitir los partidos enfrentan regulaciones y costos que limitan su participación. Solo las grandes franquicias pueden acceder a esa oferta VIP.

Incluso los espacios alrededor de los estadios se convierten en zonas controladas donde el acceso libre desaparece y la experiencia queda reservada para quienes pueden consumir.

Un bar exclusivo con propina del 15%, un tour grupal para ir y venir al estadio que incluye el combo especial de una ciudad de providencia a las urbes asignadas para los raquíticos partidos que se jugarán en México.

Y no se queda ahí.

Durante décadas, la gente podía ver los partidos por televisión abierta. Allí en la sala de su casa, en el patio de la vecindad con palomitas de maíz y cornetas tronando. Viendo el comercial de Coca Cola, pero al menos sin pagar una suscripción. Hoy, de los 104 partidos del Mundial 2026, solo 32 se transmitirán de forma gratuita (tv abierta).

Ver el torneo completo requiere pagar una suscripción adicional. Algo que antes era un evento que todos podían disfrutar, ahora depende de si se puede pagar o no.
Se nos dice que el Mundial es una celebración global, pero cada vez parece más una experiencia exclusiva.

Mientras millones de aficionados aportan pasión, identidad y cultura futbolística, el acceso a la propia fiesta se vuelve más restringido.

El problema no es que el fútbol genere ganancias. El problema es cuando la lógica comercial desplaza por completo a la dimensión social del deporte.

Cuando el aficionado deja de ser el protagonista para convertirse únicamente en cliente.
Quizá la pregunta más importante rumbo al Mundial 2026 no sea quién levantará la copa.

Quizá debamos preguntarnos si el fútbol sigue siendo del pueblo o si, poco a poco, el pueblo está siendo expulsado de su propia fiesta. Y la “resaca” de los adeudos y cuentas por pagar, vendrá en un mes.


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