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La noche cubre los techos de La Palmla y Santa Juanita con una neblina densa. Se espesa más en la madrugada y deja un paisaje silencioso en los enormes campos de cultivo que rodean al penal federal del Altiplano y a estos dos pequeños pueblos que son sus vecinos. Los faros de El Altiplano se divisan como destellos blancos desde la carretera libre a Ixtlahuaca. A unos mil metros, aun “ciegan” la vista. Las lámparas enfocan en pares por encima de los escasos reflejos de focos domésticos salen de las casas de Santa Juanita, cubren el perímetro y obligan a que todo el tiempo parezca que es de día al interior del penal. Del otro lado, en las casitas, domina una oscuridad muy negra.
En medio de la seguridad, los patrullajes y el miedo que rodea el perímetro del penal federal, sobrevive Santa Juanita el ex rancho La Palma. Unas 100 hectáreas entre ambos pueblos. Al poniente, la vista permite ver campos extensos en agosto, al oriente, las altas bardas de cinco metros de grosor, coronadas con alambres de púas en sus cúspides que dan al interior del reclusorio. Una brecha de camino, que antes era terracería. Unos 30 metros de lo ancho del camino, es lo que separa la cotidianidad rural del ejido, de unos mil habitantes, con el infierno de la cárcel.
Ubicados en Almoloya de Juárez, La Palma con un aproximado de 80 casas, Santa Juanita, es quizás el que más ha crecido. Por tradición, la principal labor de sustento es labrar la tierra, aunque también crían animales, son albañiles, obreros, choferes de carga y chatarreros.
Pueblos con las carencias naturales que padecen las zonas rurales del país, que batallan con malos caminos, el servicio de luz y agua. La incidencia delictiva durante el año no se puede medir como una zona urbana pero ya lo la alcanzado el crimen organizado. Ha habido desaparecidos, robos de vehículos, riñas con balaceras y tienen de vecinos al fraccionamiento Rancho San Juan, donde han hallado fosas, casas de seguridad y se ha reportado homicidios por ajustes.
Lo apacible de hace tres décadas ya no existe. Aunque todo el tiempo hay militares patrullando, saben que tienen de vecinos a varios de los capos más peligrosos del país.
—¡Nosotros llegamos primero, tenemos toda una vida aquí! —Asegura una mujer nacida en Santa Juanita y donde también formó su propia familia.
Tras la fuga de «El Chapo», en julio de 2015, a los habitantes de La Palma y Santa Juanita, les notificaron que parte de las medidas de seguridad que se instalarían en el perímetro del penal, sería una reubicación completa del pueblo y la destrucción de las viviendas, sin embargo ellos aseguran que nunca aceptarían mudarse de sus casas. No temen al “diablo” que habita dentro de los muros y están dispuestos a seguir viviendo en medio de operativos y monitoreos constantes. Aunque la tranquilidad se haya mudado muy lejos de allí.
A menos de 50 metros del reclusorio, se ubica la primera vivienda y la escuela primaria Anáhuac. Aunque de acuerdo a la norma federal que rige la construcción de penales, la escuela al igual que los pueblos no deberían existir.
La zona cuenta con luz eléctrica, calles pavimentadas y servicio de agua potable por parte del Municipio. Aunque geográficamente no deberían habitar allí.
Los niños, que luego se hicieron adolescentes, saben de la existencia de delincuentes peligrosos al interior del penal, pero al igual que el resto, aseguran no sentir miedo. “Cohabitar con el mal, se normalizó”.
—¿Sabes quiénes viven ahí en la cárcel?
—Sí, los señores malos, —responde un chaval, que acuden a diario a sus clases a la primaria del pueblo.
En el año 2015, con la fuga y luego la recaptura de “El Chapo Guzmán”, La Palma y Santa Juanita, fueron centro de atención de medios internacionales que llegaron y se hospedaron en cuartos rentados, instalaron camionetas con antenas satelitales para sus transmisiones durante semanas y se adueñaron del ejido.
Hubo familias que aprovecharon la visita de reporteros locales, nacionales y corresponsales de otros países para abrir cocinas económicas y tiendas de abarrotes, o incluso rentar cuartos. Para algunos fue de abundancia. Para otros, fueron las fechas en que se fue la tranquilidad.
Actualmente, los negocios continúan abiertos, solo que ahora sus clientes permanentes son los abogados y familiares de reclusos.
La gente de la ranchería es discreta, prefiere no hablar mucho de lo que miran llegar y sobrevolar, las camionetas de lujo con placas de Sinaloa, Durango y Guerrero, o las mujeres con ropas finas, lentes de sol, tacón alto y jeans, que ingresan los días de visita.
—Las hermanas del Chapo vinieron alguna vez, —Recuerdan como anécdota los pobladores.
Como esas, hay otra docena de anécdotas que te pueden contar los habitantes de La Palma y Santa Juanita, aunque la mayoría de las veces no saben a quién ingresan. Lo cierto es que cuando ven los despliegues de Marinos, saben que habrá otro nuevo inquilino en el Altiplano. El último fue el ex gobernador de Guerrero Ángel Aguirre, y quien se le inició proceso por el caso Ayotzinapa.
—Nosotros llegamos primero, —Repiten los habitantes de La Palma y Santa Juanita.









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