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Crónica: Un día cualquiera de viaje en tren

FR Informante/Filiberto Ramos Desde el asiento acolchonado pegado a la ventanilla del vagón, miro el oscilante atardecer que devela el tren a esas horas del día. Miro cómo se va partiendo en dos el Valle de Toluca y quedan de un lado azoteas con tinacos rotoplas, antenas de cable y tendederos de ropa. Del otro…

FR Informante/Filiberto Ramos

Desde el asiento acolchonado pegado a la ventanilla del vagón, miro el oscilante atardecer que devela el tren a esas horas del día. Miro cómo se va partiendo en dos el Valle de Toluca y quedan de un lado azoteas con tinacos rotoplas, antenas de cable y tendederos de ropa. Del otro los menos, los pocos árboles de ralos parques que subsisten a la mancha urbana del Valle, parques y uniformes habitacionales. También residenciales escondidos entre copas de pinos y abetos.

Descubro otro Valle de Toluca desde esa altura, aunque ya he hecho varios viajes en el Insurgente. Puedo ver el sol caer a un costado del volcán en la puerta al sur. Las enormes antenas de la vialidad las Torres que se levantan como gigantes inertes. Ruidosas como chicharras de Chalma, que asemejan a enormes tendederos de ropa.

De un lado descubro con mi miope vista las peñas del cerro de la Teresona. Raspado por las décadas de expansión de la mancha urbana. Y más allá, brincando el enorme cerro y sus barrios, hay otro Toluca. Lo imagino más voluptuoso y sobrepoblado. El norte ancho de colonias y calles polvosas, lleno de azoteas y tiendas Oxxo, Elektras, 3B y modeloramas.

Con la gente circulando en bicis mochilas en la espalda, picos y palas amarrados al cuadro y pedaleando de regreso a sus estrechos cuartos de vivienda.

Miro hacia otro extremo mientras el tren ya avanzó y encuentro un vasto horizonte con los picos del volcán Xinantécatl.

En verano polvoso, borroso y con las tardes rojizas y otras cenizas. Imagino que en el invierno será pulcro con los copos blancos por la nieve.

Recién descubro el recorrido en el tren. También la bocina que cada cinco minutos recuerda no pisar los asientos color beige, no comer ni beber. No usar los asientos designados a embarazadas ni personas en sillas de ruedas. Aunque es perceptible el daño a los asientos manchados con alguna bebida de soda.

El tren ha reforzado su seguridad en estos días y los empleados se muestran apresurados para dejarlo pulcro para el arranque del Mundial.

Pierdo la mirada en el efecto infinito que generan las Torres de luz y sus cables, mientras el tren avanza. Me voy dando cuenta que el Valle se transforma en cada estación.

Desde el fétido olor del Río Lerma que deja en las fosas nasales la estación de Tultepec, hasta los rosados edificios de restauran, residenciales, clubes deportivos empastados, azoteas limpias, avenidas sin camiones y a cambio vehículos de alta gama en la estación de Tecnológico.

Descubro pues, un mosaico urbano que a ras de suelo es desapercibido.

Salto del asiento porque al otro extremo de la ventanilla, al pie de las enormes torres de luz se divisan al lado de las canchas de fútbol terregosas, techos levantados de hule, cartón y capotes.

Pequeñas chozas que se esconden entre la maleza crecida de los camellones. Veo gente caminar y salir de allí. Familias que toman la tarde con calma sentados en un sillón deshilachado. Una rutina que deja al descubierto el tren a su paso.

Mi imaginación hila—en su juego de reportero cronista—cómo deben ser al interior esas chozas que todos los usuarios del tren intentan evitar ver. Qué tanto le caben: un cuarto compartido con una cocina, una cama para tres, con un campo abierto para sanitario, un patio a cielo abierto con un jardín silvestre al que llegan por las mañanas las chuparosas y por la tarde los gorriones. Un hogar, mientras no llegue el gobierno y les diga que se vayan. O la urbe, que en una década se apoderará con locales comerciales y ambulantes de esas zonas. Naturalmente así será.

Y me pregunto: ¿cuántas de esas casitas caben en un solo vagón del tren con el aire acondicionado a temperatura de 23 grados, cómodos asientos, música relajante y aromas a lavanda?.

Veo entonces los matices de esta urbe semi urbana de provincia. Con un crisol nuevo al Valle de Toluca que deja ver el tren.

Llego a la estación Zinacantepec en desde donde inicié el viaje en 23 minutos que no medí intencionalmente, porque esta vez viajé sin prisa. Llego a mi destino cuando la tarde y el sol ya cayeron.

Ilustración: FR Informante


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