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‘Mi hija fue la última en ser rescatada del autobús’; horas de angustia viven familias en el hospital de Atlacomulco

FR Informante/Filiberto Ramos Aunque han pasado más de 24 horas del accidente en la Atlacomulco-Maravatio, donde un tren partió en tres un autobús de pasajeros, María del Carmen Basilio no puede desprenderse de esa terrible escena y de una fotografía que circuló por las redes y en la que se observa a su hija Andrea,…

FR Informante/Filiberto Ramos

Aunque han pasado más de 24 horas del accidente en la Atlacomulco-Maravatio, donde un tren partió en tres un autobús de pasajeros, María del Carmen Basilio no puede desprenderse de esa terrible escena y de una fotografía que circuló por las redes y en la que se observa a su hija Andrea, de 23 años, ser rescatada por los paramédicos con una camilla.

“Ella no recordaba bien lo que había pasado. Tiene inflamada la cabeza. Pero me dijo: —Mami, yo fui la última en ser rescatada”, platica María del Carmen. Quien luego de ver la foto del autobús, agradece a Dios que su hija esté viva.

Andréa Antonio Basilio, de 23 años, fue una de los sobrevivientes y es trabajadora doméstica en la Ciudad de México, de donde es originaria toda su familia, pero conoció a su actual esposo en el trabajo y se vino a vivir al norte del estado de México en San Felipe del Progreso.

Por eso es que cada lunes debía viajar para regresar a la capital a trabajar como empleada doméstica.

Andrea viajaba en los asientos del fondo del bus, por eso sobrevivió, asegura su madre.

“Miré una foto donde la están sacando con la camilla y le agradecí a Dios por ser tan grande, porque fue muy feo el accidente”, externó la señora Basilio, quien salió la mañana del lunes de la Ciudad de México y cruzó hasta el norte del Edomex para llegar a ver a su hija.

“Yo viajé todo el día, con la angustia llorando para ver a mi hija”, se duele María del Carmen abrazando la foto de su hija Andrea en el celular, que ahora atesora más y a quien quiere volver a ver así de sana y sonriente.

ÁNGELES DE AYUDA

Frente al hospital General de Atlacomulco, pareciera que no anochece y no amanece. Nadie ha dormido, las familias están impacientes y alertas cada vez que se escucha a las enfermeras o guardias decir en voz alta algún nombre.

El acceso principal del hospital y un techo de lámina que sirve para cubrirse del sol, desde el lunes está repleto. Pronto llegan y se van camionetas cargadas con agua, refrescos, cazuelas de comida, cajas con tortas que se reparten.

“Son ángeles por ayudarnos”, explaya una mujer que pudo comer este martes un poco de mole verde en un plato de unicel.

Las enfermeras traen listas con nombres en las manos y salen por ratos a gritar los nombres de los lesionados.

Hay abrazos en el acceso de urgencias. Un joven abraza a su madre y se estrechan así por unos minutos.

También están los familiares que para aminorar la espera, recrean las escenas moviendo sus manos aún somnolientos.

Hay cobijas tiradas al piso con pedazos de cartón y bolsas con ropa.

Veo entre el tumulto a una mujer que reza usando una lupa. Tratando de poner fe en el ambiente.

Les gritan los nombres y van pasando. Se pasean con el teléfono en la oreja haciendo llamadas para organizarse y lo que vendrá en los días más duros.

Hay una lista escrita de puño y letra con lápiz pegada sobre el portón de cristal del hospital. Hoy ya nadie la lee, porque todos ya traen sus gafetes con los números de cama de sus pacientes.

Entre los grupos reprochan a las autoridades la falta de pericia para atender de inmediato a los lesionados.

Un bebé llora insesantemente. El ambiente es fatigoso para las familias, quienes han hecho del techado frente al hospital, un albergue.

DOMINGO DE FÚTBOL

Sentada en un pedazo de banqueta, está Jessica y sus hermanas. Esperan buenas noticias de la salud de su padre, Rubén Ascencio Rodríguez, de 52 años. Originario de San Miguel del Centro, San José del Rincón.

“Aun no nos dicen bien qué lesiones tiene”, dice Jessica.

Su padre es albañil, como la mayoría de pasajeros que iban a bordo, todos con destino a la capital del país. También muchas trabajadoras domésticas, que se emplean en los residenciales de la ciudad.

Jessica, la hija mayor de Rubén, cuenta que reconocieron la chamarra de su padre en las fotografías que circularon por Facebook.

“Lo reconocimos por las publicaciones de redes”, dice.

Un familiar les marcó porque su esposa iba a bordo del bus y les dijo que fueran al hospital de Atlacomulco, que allá estaba don Rubén.

El domingo lo vieron a las seis de la tarde, luego que don Rubén regresó de jugar fútbol.

“Le gusta jugar fútbol, y nos reunimos por la tarde como es costumbre en la casa”, recordó Jessica Ascencio.

EL MILAGRO DE YOANA

Isabel y su hija, Yoana, de 17 años y del barrio del Calvario de San Felipe del Progreso. También es trabajadora doméstica en la capital del país.

Ella viajaba en la segunda planta del bus. Iba dormida y solo despertó cuando sintió el golpe del tren que sacudió los asientos y la aventó a unos metros del pasillo a punto de caer del camión, que ya no tenía techo.

Abrió los ojos y se dio cuenta que otros pasajeros la sostenían.

Yoana tiene una lesión en la cadera y la tendrán que ingresar al quirófano, cuenta Isabel.

La Cámara Nacional del Autotransporte Pasaje y Turismo informó este martes que de los 21 lesionados que fueron ingresados al Hospital General de Atlacomulco, seis siguen hospitalizados.

Fotos FR


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