#Historias: Invierno en la montaña: los que sobreviven al frío a 3 mil metros en el Xinantécatl

FR Informante/Filiberto Ramos —Hay que calentar las manos con el fuego y las cobijas, explica Lourdes. Tiene las manos secas, resecas, quemadas por el frío. Sí, aquí a 3 mil 600 metros de altura, donde reina el Xinantécatl, no es el sol el que quema la piel, eso es trabajo del frío. —Mañana que no…

FR Informante/Filiberto Ramos

—Hay que calentar las manos con el fuego y las cobijas, explica Lourdes. Tiene las manos secas, resecas, quemadas por el frío. Sí, aquí a 3 mil 600 metros de altura, donde reina el Xinantécatl, no es el sol el que quema la piel, eso es trabajo del frío.

—Mañana que no haga tanto frío, voy a lavar la ropa, ahorita no aguanto, dice Laura y sonríe.

Laura llegó hace dos años a la Joyita. Se casó con su esposo pero también nació allí en el frío de las faldas del Nevado de Toluca.

Entre Lourdes y Laura hay casi 40 años de generación pero ambas mujeres son oriundas del frío. Nacieron de éste igual que todos allí en el acantilado llamado la Siervita y La Joyita.

Por eso cuando las veo, siento un hondo respeto por ambas mujeres.

Tocar esa agua, como Laura sin la mayor prisa, mientras lava trastes, es casi inverosímil. Y andar arriendo borregos sin suéter, como Lourdes, es imposible soportar.

—Ya se viene más frío, ahora que vengan las posadas, dice Lourdes. Y es que cuando la visité acababa de nevar en el Xinantécatl, por eso no logro comprender cómo es que hará más frío del que ya pegó en La Siervita y La Joyita.

Pero Lourdes tiene toda la razón en sus palabras. Vienen más frentes fríos por delante.

Por eso es que allí en el hogar de Lourdes ya se surtieron con varias cargas de leña de oyamel y colocaron puras cobijas a las camas.

—El oyamel es el que más dura, dice reamimando su chimenea hecha de lámina y que usa como calentador y estufa.

Su casa es un paraíso, porque allí la temperatura se regula entre los 15 a 20 grados. Es cálido en comparación al frío insesante que se vive todos los días al aire libre en La Siervita. Ese que solo sobreviven ellos, las 50 familias que la habitan.

Y su hogar es un manjar. Dos habitaciones y en la sala solo su chimenea de lámina al lado de una mesa casi vacía.

En dos paredes sus retratos familiares y en el otro sus santos: el santo Niño, la Virgen de Guadalupe y San Judas. Al otro extremo unos trasteros con unas cuantas caserolas colgadas.

«Piensan que uno no necesita porque ven que la casa es de losa, pero sí ocupamos», explaya Lourdes y reprocha que no llegue ayuda cada invierno.

—Si luego ven que hay un carro afuera, es porque mis hijos y mi esposo trabajan en la papa y la avena, precisa la mujer.


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