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Crónica: Días de invierno afuera del hospital Adolfo López Mateos

FR Informante/Filiberto Ramos Amaneció con más frío que otros días. La neblina empaña la vista y entume las manos. Allí, afuera del hospital Adolfo López Mateos, el aire sopla de este a oeste y se escurre por el norte de Toluca. Pareciera que cala hasta los huesos, congela los bellos del rostro y las manos.…

FR Informante/Filiberto Ramos

Amaneció con más frío que otros días. La neblina empaña la vista y entume las manos. Allí, afuera del hospital Adolfo López Mateos, el aire sopla de este a oeste y se escurre por el norte de Toluca.

Pareciera que cala hasta los huesos, congela los bellos del rostro y las manos. Una delgada capa de hielo se queda untada en las mejillas y no imagino cómo es pasar una noche aquí afuera con el viento y la nata densa de neblina que llega sigilosa a las 2 de la mañana para cobijar el sueño. Si es que aquí alguien duerme.

—Hace un chingo de frío. Sí, creo que va a nevar. —Platican un padre y su hijo, que durmieron y amanecieron frente al hospital Adolfo López Mateos.

Debajo del techo de acero, del portón del hospital, todos buscan un pedazo de calor. Con gorros, rebozos, cobijas, pedazos de cartón, hules y suéteres intentan mitigar el frío invernal de la mañana. Aunque apenas inicia diciembre. Se cubren el rostro y la cabeza, solo dejan un hueco para ver, pero es imposible ganarle calor a este frío que pareciera se ensaña igual que la enfermedad a estas familias que esperan frente al hospital.

“Si estoy muy necesitada, me hace falta para pagar pero creo mañana no vengo, hace mucho frío”, dice una vendedora de chicles que se pasea con una mochila cargando en la espalda, en la que también lleva libros infantiles, que intenta vender en un día atiborrado de frío y sin niños a la vista.

Al final no hay suerte, así como llegó se va, cargando el bulto de libros.

—Ya me voy señora, muchas gracias por la gelatina, —le agradece la vendedora a otra vendedora de gelatinas y flanes, que también ha tenido pocas ventas esta mañana. Las admiro desde al lado y me doy cuenta que ambas son muy valientes y un verdadero ejemplo de la mujer mexicana.

Paseo la mirada al otro lado de la techumbre del hospital. Veo una casita hecha de hules, a la que por mucho le cabe una persona. Veo a un hombre con la gorra de su sudadera puesta y encima su sombrero.

En un vaso de unisel, le intenta dar un poco de chocolate caliente a un bebé que está sentado a su lado encima de una mochila.

Frente de ellos, sobre una de las bancas de concreto, está otra mujer que le enrolló su rebozo a una pequeña de unos dos años.

No imagino el frío que debe aguantar la mujer, porque trae puesta una falda que le deja descubiertos los pies.

Con la neblina pareciera que la mañana no avanza. Todos buscan un pedazo de techo frente al hospital.

Allí es imposible no verse las caras ni esconder las miradas debajo de la techumbre de acero. Se conversa y hay empatía entre ellos. Hay una misma espera. Los que tienen mejor suerte, alcanzaron un pedazo de lugar en las bancas de concreto. El resto siguen de pie. Se pasean con los celulares en la oreja, platican del último diagnóstico que les dieron los médicos la noche anterior y de las cobijas que no trajeron.

Todos tienen una historia que comparten entre ellos: Su paciente llegó por una operación en la cintura, por una urgencia tras un accidente, o porque en ningún otro lado les recibieron a sus familiares.

Ya despejada la neblina, llegó un grupo de mujeres con mandiles blancos puestos. Bajaron de una camioneta cazuelas de comida para donar.

—Mira, vinieron a dar comida, ya me dio hambre, —Sonríe una familia cobijada con chamarras.

El grupo de mujeres instaló una mesa y puso las cazuelas encima.

Don Manuel les habla en voz alta a todos los que están debajo del techo.

—Buenos días, nosotros venimos a ayudar. Somos el grupo Padeciendo Contigo, —Les explica a las familias.

Los invitó a rezar y el ambiente se tornó alegre. Las familias se persignan y piden por sus enfermos. Se comienzan a despachar platos de arroz y picadillo con agua de jamaica.

Y el alimento pareciera que llegó del cielo. De un cielo despejado y soleado que le dio vuelta a la neblina.

“Llevamos nueve años y cuatro meses ayudando. Te puedo decir que yo llevo 15 cirugías y he sobrevivido, por eso vengo a ayudar para dar gracias a Dios que estoy vivo”, explicó Manuel, fundador de Padeciendo Contigo.

Las cazuelas ya vacías y el mantel de la mesa se levantó unos 30 minutos después y el grupo se fue.

Con los estómagos llenos, las familias que duermen frente al hospital se dispersan y siguen en lo suyo: esperar.

Fotos FRee


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