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Puños Rosas; Ibeth Zamora anuncia su retiro en el palacio municipal de #Toluca 🥊

(Esta es una crónica de la pelea disputada por Ibeth en el gimnasio Agustín Millán) FR Informante /Filiberto Ramos Aquella presentación con la gringa, los marullos de chiflidos y gritos altaneros de los “cuervos de la pluma”, siempre tuvieron la intensión de quitarle la mesura, más que el título a la Roca. Aquella noche, fue…

(Esta es una crónica de la pelea disputada por Ibeth en el gimnasio Agustín Millán)

FR Informante /Filiberto Ramos

Aquella presentación con la gringa, los marullos de chiflidos y gritos altaneros de los “cuervos de la pluma”, siempre tuvieron la intensión de quitarle la mesura, más que el título a la Roca.

Aquella noche, fue de horas más largas, que los diez round que aguantó de guamazos sobre el ring.
—¡Al tercero! —fue la promesa de la gringa durante la conferencia de prensa, pero el día de la pelea, al tercero, la gringa era quien pedía que el distraído hombre de la campanilla tomara su martillo para darle paso al cuarto round.

Ese sábado todo el pueblo de San Cristóbal Huichochitlán quiso ir a verla. Las casas y calles de Toluca olían a función de box. En las oficinas de ayuntamiento repartieron de a dos y tres boletos, como cuando en el mercado se remata la mercancía fuera de temporada.

La pelea estelar era hasta las ocho pero el viejo gimnasio Agustín Millán se atascó media hora después de abrir la taquilla.

Por las gradas y sobre ellas, se sentaron obreros, mototaxistas, vendedores de papas, camioneros, cacharpos, oficinistas, burócratas, estudiantes, rostros de bronce y güeros, lonjudos y flacos, con cerveza, matracas, olor a tacos de chorizo. El ambiente más de un partido de futbol que de una función de pugilismo.

El pueblo de la Roca siempre ha sido de tradición enraizada al balompié, pero esa noche todos se asimilaban amantes aficionados del deporte que se practica sobre un cuadrilátero y un par de guantes. Sobre todo de color rosa.

Un sediento público miró a su paisana aguantar los diez round, aunque la Gringa desde el tercero sintió venir el seco suelo de la lona.

—¡Rocaaa! ¡Rocaaaaa! ¡Rocaaaa! ¡Rocaaaaa! —griterío que asemejaba a las crías de guacamayas y luego apareció la paisana con su abultado penacho azteca que acostumbraba usar, para que los de las gradas supieran que su heroína se sentía orgullosa de su piel otomí.

—¡Señoras y señores!… la vencedora por decisión unánime y aún campeona del mini mosca… ¡Ibeth, la Rocaaaaaa, Zamoraaaaaa! —Sentenció esa noche el anunciante al final de la contienda.

La feligresía del box enardeció y a manera de metáfora, pedía escuchar un rezo de su “diosa” para saber que era ella quien estaba sobre el ring en pie y no la Gringa.

La noche acabó en menos de la media hora en que se llenó el viejo Agustín Millán. Luego, los reflectores apagaron.

Poco se sabe, pero la Roca no siempre se llamó así, antes de los 15 solo era Ibeth, el apelativo le llegó hasta que derribó a su primera contrincante en una función cualquiera. Entonces, le dijeron que pegaba como fajadora de oficio, siempre al frente en artillería, en avanzada directa, fija en los ojos de su rival, ganarle la pelea, venciendo su espíritu y luego rematarla con su gancho, rompiendo sus costillas y rematando su voluntad.

Esa era su virtud, tener demasiado corazón, siempre más que la otra contendiente.
-¡Chiquita pero picosa! –le gritan los querientes del Defe (Cdmx).
-¡Tú sí que no le rajas! –Canturreaban los del bajío y Michoacán en las funciones al sur.
-¡No pos’ esta guerca si que es terca! –Decían allá por el norte, pero la Roca era más pasiva que una densa neblina de invierno que baja cada octubre desde el volcán Xinantécatl. Solo que cuando usaba los guantes, su espíritu viajaba a la tierra de los indomables, de los que no creen en el miedo.

Dejaba su habitación de cuatro paredes aun lado de su biblia y sus salmos, se cambiaba la máscara.

Y allí quedaba guardada la niña que vive en la habitación donde no existe gente que quiere una entrevista, una fotografía, donde no hay zumbidos extraños que llegan de las gradas, solo ella a solas con su Dios.
Pocos días son los que no estaba sobre el ring con las manos vendadas, la piel engrasada, la vaselina chorreando de su cabello acastañado o golpeando la pera del vecindario gimnasio donde siempre ha entrenado. Pero cuando esos días llegaban, después de tres largos meses de prepararse para los asaltos de una pelea, Ibeth buscaba el salmo que dejaba ojeado.

[No temas porque yo estoy contigo; no desmayes porque yo soy tu Dios que te esfuerza; siempre te ayudará, siempre te sustentará con su diestra mano de su justicia]. (Isaías 41:10).

Pareciera que los aspiraba y luego se recostaba de junto con la almohada: ¡Dios Padre, en ti confío y en ti me guardo!
Nutría su alma anémica por los tres largos meses del litigio con el ayuno obligado de su oficio pugilista.

No necesitaba más alimento, la niña del gran corazón, y ella, así se sentía feliz.

La Roca hoy descansa, quizás porque mañana vendrá alguien más a preguntar si está disponible para otra función. Pero la contrincante tendrá que esperar. Ibeth ya anunció su retiro.cun


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