FR Informante/Filiberto Ramos
Amaneció con más frío que otros días. Allí, afuera del hospital, el aire sopla de este a oeste y se escurre por el norte de Toluca.
Pareciera que cala hasta los huesos. No imagino cómo es pasar una noche aquí afuera con el viento cobijando el sueño.
—Hace un chingo de frío. Sí, creo que va a nevar. —Platican un padre y su hijo, que durmieron y amanecieron frente al hospital Adolfo López Mateos.
Debajo del techo de acero, del portón del hospital, todos buscan un pedazo de calor. Con gorros, rebozos, cobijas y suéteres intentan mitigar el frío invernal de la mañana. Aunque apenas es julio. Se cubren el rostro y la cabeza pero es imposible ganarle calor al frío.
“Si estoy muy necesitada, me hace falta para pagar pero creo mañana no vengo”, dice una vendedora de chicles que se pasea con una mochila cargando en la espalda, en la que también lleva libros infantiles, que intenta venderen un día nublado y sin niños a la vista.
Pero no hay suerte, así como llegó se va, cargando el bulto de libros.
—Ya me voy señora, muchas gracias por la gelatina, —le agradece la vendedora a otra vendedora de gelatinas y flanes, que también ha tenido pocas ventas esta mañana lluviosa. Las admiro desde al lado y me doy cuenta que ambas son muy valientes y el verdadero ejemplo de la mujer mexicana.
Paseo la mirada al otro lado de la techumbre del hospital. Veo un casita hecha de hules, a la que por mucho le cabe una persona. Veo a un hombre con la gorra de su sudadera puesta en la cabeza y encima su sombrero.
En vaso de unisel, le intenta dar un poco de chocolate caliente a un bebé que está sentado a su lado encima de una mochila.
Frente de ellos, sobre una de las bancas de concreto, está otra mujer que le enrolló su rebozo a una pequeña de unos dos años.
No imagino el frío que debe aguantar la mujer, porque trae puesta una falda que le deja descubiertos los pies.
Pasadas las 9 de la mañana comienza a caer una llovizna ligera y obliga a todos a buscar un pedazo de techo frente al hospital.
Es imposible no verse las caras ni esconder las miradas debajo de la techumbre de acero del hospital. Los que tienen mejor suerte, alcanzaron un pedazo de lugar en las bancas de concreto. El resto siguen de pie. Se pasean con los celulares en la oreja, platican del diagnóstico y de las cobijas que no trajeron.
Todos tienen una historia que comparten entre ellos. Su paciente llegó por una operación en la cintura, por una urgencia tras un accidente, o porque en ningún otro lado les recibieron a sus familiares.
PADECIENDO CONTIGO
Pasadas las 10 de la mañana, aún sigue lloviendo pero hace unos momentos un grupo de mujeres con mandiles blancos puestos, arribaron y comenzaron a bajar de una camioneta cazuelas de comida para donar.
—Mira, vinieron a dar comida, ya me dio hambre, —Sonríe una familia cobijada con chamarras.
El grupo de mujeres instaló una mesa y puso las cazuelas encima.
Don Manuel les habla en voz alta a todos los que están debajo del techo.
—Buenos días, nosotros venimos a ayudar.
Los invita rezar. De pronto el ambiente se torna alegre. Las familias se persignan y piden por sus enfermos. Se comienzan a despachar platos de arroz y picadillo con agua de jamaica.
Y el alimento pareciera que llegó del cielo.
“Llevamos nueve años y cuatro meses ayudando. Te puedo decir que yo llevo 15 cirugías y he sobrevivido, por eso vengo a ayudar para dar gracias a Dios que estoy vivo”, explaya Manuel, fundador de Padeciendo Contigo.
La lluvia y el frío no dieron tregua durante toda la mañana. Las cazuelas vacías y el mantel de la mesa se levantó aún lloviendo y el grupo se va, aún lloviendo.
—Muchas gracias, —Aborda una mujer a don Manuel para agradecerle. Le intenta dar dinero pero el buen hombre lo rechaza y le explica el porqué.
Con los estómagos llenos, las familias que esperan frente al hospital se dispersan y siguen en los suyos: esperar.
Fotos FR









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