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La Esmeralda es una madeja de recuerdos, de olores y precios de otros tiempos.
Es un retrato de la ciudad de un siglo que ya se fue. Al traspasar las puertas color verde limón, se trasmina en las fosas nasales el aroma a las semillas que están en costales, a la pintura de los viejos anaqueles y recuerdos de La Esmeralda.
Pareciera que hay un vaivén de esos recuerdos, cuando se vendía por cuartito y en pedazos de papel o los refrescos en bolsita.
—Se puede decir que somos la generación de tenderos que sobrevivimos al tiempo, —dice don Alfredo Romero, casi como declamando sus frases.
La Esmeralda ha estado en ese mismo sitio del 205 de la calle de Lerdo desde 1940 en el centro de Toluca. La misma ubicación que le extendió o le dejó la ciudad en su apogeo y crecimiento desmedido.
Bordeada por el paso de camiones y sus chimeneas que atosigan la calma de la tienda. Frente al negocio de palomitas de maíz y al costado de una cadena de la tienda “3B”, que burdamente intenta imitar a la Esmeralda.
—Hace cincuenta años le puedo decir que aquí todos se venían a surtir después del tianguis, —Recuerda don Alfredo con los brazos cruzados como intentado mitigar el frío de las mañanas en Toluca.
El tendero trae encima tres suéteres y los recuerdos de sus señores padres y abuelos, dice.
“Esta tienda es herencia de los abuelos, luego mis padres y ahora yo”, explica el tendero mientras charlamos de su pasado familiar.
Hace unos años descubrí la Esmeralda, con su fachada verde limón, igual que sus portones que pese a las crisis, las pandemias y los tiempos de frío, siempre están abiertas de par en par.
Entonces me enteré que era la tienda más antigua del centro de Toluca. Ya con 84 años abierta.
“Desde aquí del mostrador he visto cambiar la ciudad, los tiempos, porque todo cambia, también la forma de consumir de la gente”, explica don Alfredo.
El nombre de la Esmeralda nunca se ha cambiado, aunque los clientes también la conocían como la tienda del “Chino”, por el mote impuesto a su señor padre don Arnulfo.
Allí en los anaqueles en un de los extremos, junto a un televisor análogo están un par de fotos donde aparece Don Arnulfo despachando.
Encimada hay otra fotografía de su esposa y la madre de don Alfredo. Son pequeños pedazos de recuerdos que atesora el tendero.
“La tienda siempre está abierta, ahora ofrecemos lo que la gente consume en estos tiempos”, dice.
Son pocos los clientes que se detienen y pasan a realizar su pedido a la Esmeralda. Pero pareciera que aún desde los portones se puede ver las tinas con hielo y a las gentes cargadas con costales de lo comprando en el tianguis del Cosmovitral bebiendo una cerveza o un refresco recargados en el mostrador de lámina.
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