FR Informante/Filiberto Ramos
No amanece, no llega el sol, ni las buenas noticias, dice Jennifer. Aquí afuera del Hospital del Niño de Toluca, es casi imposible dormir, coinciden a quienes entrevisto.
Por eso a las cinco de la mañana, unos se levantan y se pasean con las cobijas mirando la reja de entrada de Emergencias.
Esperan a los «ángeles», para que lleguen con atole y pan.
«Así les dicen a las personas que vienen a regalar comida», me explica Ana María.
En el Paseo Colón, donde las residencias deslumbran y la gente sale a trotar con sus perros de pedigri por las mañanas, contrasta de inmediato con esas carpas multicolores echadas frente al hospital.
Es una hilera de unos 50 metros con lonas rojas y azules, que cuelgan de los árboles. Pareciera que es una pequeña vecindad que se hermana por la enfermedad.
Mujeres y hombres que se pasean de aquí para allá y parecieran zombis. Con chamarras gruesas, bufandas, vasos de unicel con atole que menguan un poco el frío.
—Aquí nunca da sueño y aunque tenga, me aguanto, explica Ana María, oriunda de Texcaltitlán.
—Mis pies están hinchados pero estoy contenta porque ya me voy a llevar a mi niña, dice sonriendo detrás del cubrebocas.
Ana María está de pie en medio del pasillo de las carpas. Sola, así estuvo 15 días. Solo ella es la valiente y la que no abandonó un solo instante a su pequeña.
Más allá, sentada al lado de la puerta del albergue, está Azucena. Este día pudo dormir en el albergue y su hermana en la sala de espera. Pero el frío aún así es insesante.
«Vine a acompañar a mi hermana. Llevamos un mes aquí, somos de Temoaya. Le hicieron crujía a mi sobrinita», comentó Azucena.
El pequeño albergue «La Casita», que abrió el DIF al lado del hospital, es un refugio temporal, igual que las carpas. El costo por noche, es de cuatro pesos por persona, pero solo se permite el acceso de dos integrantes por familia.
Hay un pasillo largo y oscuro. Del lado derecho están los cubículos para dejar mochilas, cobijas, toallas, jabón, zapatos y accesorios pequeños. Por ser diciembre instalaron un arbolito con luces. Son las únicas encendidas todo el día.
—Ayer llovió y no todos cabemos en el albergue, por eso compramos una lona, reprocha Jennifer. La joven soporta el frío de las 7 de la mañana con un atole y la compañía de su madre.
Vienen desde Tlalnepantla, porque su hijo Iker sufrió una caída.
—¿Usted sabe a dónde puedo pedir apoyo?. Me pregunta Jennifer.
—Es que llevo un mes aquí y la cuenta ya es de 30 mil pesos, reprocha, porque su empleo lo dejó por cuidar a su hijo y no hay forma de obtener recursos.
Mientras platica, un joven escucha atento, echado en un pedazo de cartón al lado de uno de los altares. Está silencioso y divaga su mente. No quiere estar allí, igual que el resto.
Apenas avanzo unos metros entre las carpas y me encuentro a Elvia y su hija. Llegaron por primera vez a donar atole y pan.
Elvia dice aliviada que se siente bien dar gracias así, porque su nieto se salvó de la enfermedad.
«Venimos por mi niño, ya está bien», explaya Elvia.
Con una misma misión llegó la familia Mejía de San Luis Mextepec.
«Nos levantamos a las tres de la mañana para preparar todo», explica Guadalupe. Junto con su esposo y su hija hacen esta labor cada diciembre.
Muchos de ellos van a regresar. Algunos, muy pocos, tendrán la dicha de ya no estarán allí porque a sus hijos los darán de alta.
Fotos FR









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