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‘Mi vida fue muy bonita y también triste’; Juanita, la abuelita de un siglo en #Zinacantepec

FR Informante/Filiberto Ramos Las manos de Juanita parecen surcos de esa tierra bronceada, que se hacen anchos y serpentean con unos lunares que le nacen por los años. Su rostro cuadra una sonrisa tenue y se le alcanzan a ver pocos dientes. Pero aún así su sonrisa es hermosa. Y sus cabellos blanquecinos lucen aplanados…

FR Informante/Filiberto Ramos

Las manos de Juanita parecen surcos de esa tierra bronceada, que se hacen anchos y serpentean con unos lunares que le nacen por los años. Su rostro cuadra una sonrisa tenue y se le alcanzan a ver pocos dientes. Pero aún así su sonrisa es hermosa. Y sus cabellos blanquecinos lucen aplanados por tanto usar sombrero para taparse el sol de las mañanas pero abundantes, aunque haya pasado un siglo de vida.

—Aquí me pongo debajo de esta flor, dejo la puerta abierta, pasan y me saludan y yo les platico, —Me explica doña Juanita sentada en un pilar de tabiques debajo de la sombra de una flor de campana que tiene a la entrada del zaguán. Allí pasa las horas mientras hay sol por las mañanas y tardes.

Recuerda mucho. Le gusta añorar esos años atrás, cuando iba al río por agua con la tinaja cargada a la espalda o cuando San Antonio Acahualco era pura milpa y hacía tortillas martajando el nixtamal en el metate.

“Fui feliz pero había mucho pobreza”, me dice la abuelita de 99 años. El 8 de julio de 2024 los cumplió, me precisa.

Casi un siglo ha transcurrido y la abuelita luce entera, con una memoria fresca y una mirada tierna.

—Escuché que tocaban la puerta, —Dice Juanita.

—Pero no quise abrir porque pensé que era ese mi nieto diablisimo que viene tomado. Luego escuché que cantaban las mañanitas y dije es mi familia, —Sonríe nana Juanita dejando ver un par de dientes que son los únicos que le sobran.

Sus hijos, los que le quedan y sus nietos, le llevaron tres pasteles y nana Juanita pudo soplar las velitas para pedir deseos.

“No se pudo hacer fiesta, pero primero Dios el próximo año”, ríe la abuelita echando una suave carcajada y satisfecha.

UNA VIDA DURA

La vida no siempre le ha traído alegrías en sus cumpleaños, cuenta Juanita.

En su juventud hubo muchas carencias. Más penas que buenos días, pues. Todo envuelto en un bulto de pobreza que se anegaba en los pueblos de Zinacantepec.

Me dice que anduvo descalza hasta casi su vejez. Y así caminaba a Toluca, al río, a la labranza del campo e. Acahualco con sus abuelos. Al cerro por leña.

“Mis pies andaban siempre descalzos hijo. Pero mira, están bien, puedo caminar bien”, me explica la abuelita quitándose una sandalia y mostrando las plantas de sus pies que están calludos y requemados por el frío.

“Me casé dos veces y tuve nueve hijos, ya casi todos se fueron”, recuerda nana Juanita con un lamento profundo desviando sus ojos al piso de su habitación.

Nos sentamos junto a su cama e intento cambiarle el tema para que no la invadan esos recuerdos.

UN HOGAR CON RECUERDOS

Para entrevistar a la abuelita Juana Fabela tuve que cruzar esas calles que parten a San Antonio Acahualco. Hasta la calle de Hernán Cortés, donde luego me explicaron era un canal de agua cristalina del que se surtían de agua.

A la abuelita Juanita la encontré sentada en su cama con su bastón en ambas manos, escuchando la radio y cobijada con su rebozo y un suéter.

Su hogar es una fachada de un portón negro con un cuartito al frente.

—¿Quién pregunta? —Me dijo Eusebio, uno de los hijos de doña Juana, quien me abrió el portón.

Luego me invitó a pasar. A nana Juanita la encontré sentada al pie de su cama.

–De aquí no me voy, solo muerta, —ríe la abuelita Juana, mientras abundamos en la plática, pero casi al mismo tiempo llora.

Este es su hogar, con un patio amplio al que uno entra por un zaguán color negro que tiene colgados del lado derecho unas macetas de esa planta llamada “cola de borrego” y del lado izquierdo, las tan apreciadas campanas de flor donde se sienta nana Juanita a divisar a las gentes con la puerta abierta.

Ya pasando el corredor para llegar al patio se levanta un nopal y un durazno. Al fondo, en la segunda pieza de la casa, hay una puerta color azul cielo y los pilastrones del petril están pintados de rojo. Unas jarinderas con flores que apenas sobreviven.

—Nací en 1925, el ocho de julio, —precisa la abuelita Juanita.

—¿Cómo era vivir ese entonces?,—Le pregunto.

—Muy diferente. No había luz, nos alumbrábamos con mechones de petróleo. Íbamos a lavar los trastes y la ropa al río. Acá estaba de este lado, dice mamá Juanita señalando con su bordón al horizonte.

Me cuenta que en su cumpleaños llegaron a tocar la puerta.

“No quería abrir porque pensé que era ese nieto diablisimo que viene a tocar. Pero luego escuché a un niño y fui. Empezaron cantar el mañanitas y pos’ me puse muy contenta”, cuenta la abuelita.

Allí en la habitación, un pequeño radio que tiene sobre una mesita, toca canciones de Lucha Villa. Al lado del radio nana Juanita tiene un poco de fruta y una estufa eléctrica.

En el pequeño cuartito está una silla de madera al centro, pegado a la pared un ropero ya sin puertas y sin ropa. Al fondo más sillas apiladas.

También se lucen entre las piezas de la habitación una silla de ruedas que casi no usa nana Juanita. El techo del cuarto está tapizado con un hule color azul, que retiene los aires de agosto y el frío en diciembre.

Hay muchos recuerdos. Hay un retrato colgado al lado de la puerta del cuarto, donde Juanita se mira joven a sus 20. Con unas trenzas y un rostro pulcro. Una mujer hermosa en su plenitud.

“Me casé a los 18 y así estaba”, sonríe la abuelita, y pareciera que sus arrugas desaparecen cuando me lo cuenta.

Me bastan unas horas para entender porqué esta mujer llegó a los 99 años. Pero me faltaría otra vida para conocer lo que ella y vivir lo que ella.

—¿Se reconoce en el retrato? —Le preguntó sobre la pintura que sostiene su hijo frente a ella.

—Si, estaba muy jovencita allí, —Explaya sin titubear con su vista formidable.

Le pido a sus nietos y su hijo que me ayuden a llevarla al patio para hacerle otras fotografías. Pero nana Juanita se levanta sola sostenida en su bastón.

—Es que así le hace ella, camina sola, —Me dice su hijo Eusebio.

Nana Juanita cruza lento el patio y se sienta en una silla en la otra pieza de la casa donde está la puerta az cielo. Luego se levanta y camina hacia la entrada de la casa, donde está la sombra de la flor de campana.

Me invita un vaso con refresco y platicamos más hondamente mientras el cielo se nubla de nuevo.

Fotos FR


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