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Es viernes y pasan las 3 de la tarde en la avenida Narciso Mendoza, que parte el centro de Mexicaltzingo, entre las distribuidoras de carne, emporios de ese negocio que controlan todo, y las viviendas semirurales, las misceláneas, tiendas abarroteras, la doña que vende gorditas todo la tarde para sacar el día
—¡Sáquese perro, ándale canijo!, —Le grita un don con chaleco fosforescente que abandera las camionetas Grand Cherokee y Lobo que se estacionan frente a los expendios, de donde salen los chalanes jalando los montacargas. Esos bultos de carne: aguja norteña, codillo, longaniza, lomos, manteca, costilla, arrachera, cuero y el puerco entero.
“Todo normal joven”, dice un carnicero que habla poco y chorrea de grasa y sudor su mandil.
La avenida Narciso Mendoza a estas horas luce llena y el portón color gris del lado del gimnasio ya tiene sellos de la Fiscalía. Ninguna patrulla vigila.
Solo veo delante del portón a un perro callejero olfateando. Pero el vendedor de chicharrones, el carnicero, el abarrotero lo corren.
“¡Sáquese!”, Hay un repudio total en contra del animal, ese peludo que pareciera solo busca un pedazo de alimento.
Quizás Mexicaltzingo amaneció con una resaca, y esa resaca, quizás es en contra de los perros.
Fotos: FR









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