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Historias: El Callejón de los perritos

FR Informante Lucy bajó a la puerta del edificio, esa que truena cada vez que se abre y encontró a Luna sentada en sus patas traseras esperando una merienda flaca, quizás de tortillas frías, pero al menos algo para llevar a su panza llena de cachorros. —Si bajas, le traes algo que te sobre a…

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Lucy bajó a la puerta del edificio, esa que truena cada vez que se abre y encontró a Luna sentada en sus patas traseras esperando una merienda flaca, quizás de tortillas frías, pero al menos algo para llevar a su panza llena de cachorros.

—Si bajas, le traes algo que te sobre a Luna, —me gritó Lucy por la ventana. Asentí desde la cama con la cobija enrollada en mis piernas. Pero fui a la cocina porque miré en los ojos de Luna esa misma ansiedad con la que me juzga Mayita cuando no atiendo su apetito inllenable.

Las tardes allí en el callejón suelen ser así, por las mañanas ruidosas por los camiones de gas que pasan tocando el claxon, al mediodía el de los detergentes y en fines de semana el joven del pulque y el pan.

Y por las tardes los ladridos de la pandilla, quienes corretean motos y bicis hasta que anochece. Quizás esa es la estampa auditiva que más me gusta escuchar en el callejón desde que llegué hace tres años.

Más porque Lucy me cuenta las historias de esa pandilla, que cada vez es más grande.

Unos se van, como Blanquita, esa perrita larga y flaca que movía la cola en un vaivén para esperarte desde una cuadra antes.

Otros pareciera que han estado siempre allí, como el Negro, el Norteño o el Tobi, ese perro anciano que solo asoma la cabeza desde su reja. Que mira pasar todos los días la vida y el mundo asomando la cabeza.

Lucy también me ha contado de la vez que llegó Shadow, un perro sin raza, como la mayoría del callejón pero que tiene el tamaño de un lobo.

—Mi papá le puso Shadow por el luchador, —Me cuenta Lucy mientras comemos pan con leche y volteamos a la venta divisando a la pandilla que siempre anda de aquí para allá.

Ahora Shadow con apenas sus cuatro años perrunos se convirtió en el líder de la manada, porque hace unos meses se fue Rubí. Más bien se extravió y no encontró el camino al callejón.

Rubí era del tamaño de un tejón o un conejo, pero tenía el temperamento de un pitbull a la hora de mandar. Era escabulliza, se metía por las rejas de las casas para robar comida o lo que hallara para morder.

Quizás Shadow de ella aprendió esas mañas. Cada tarde Lucy me llegaba con una historia distinta de él.

—Me dicen que Shadow ahora llevó un zapato, llegaba Lucy riendo a contarme.

Luego también le contaron un balón, una gallina, una bolsa con pan, hasta una lámpara que le robó a los de la CFE un día que llegaron a reparar al callejón.

Por eso Shadow es el nuevo líder, porque en eso de ser territorialista una madrugada corrió a un ladrón, quien solo logró cruzar unos pasos al callejón.

Al siguiente día Shadow era el héroe de todos los vecinos y lo llenaron de obsequios con una semana de comida.

Dice Lucy que Shadow aprendió esas artes de Rubí.

Otro que ya no está es el pequeño Bigotes, un peludito miniatura que se ganó el corazón de Lucy, porque la esperaba cada tarde y se ponía en dos patas para mostrarle su cariño. A Bigotes lo dejó el pequeño Quique, un niño que vivía allí en el callejón y se mudó el año pasado.

—Me dicen que ya se murió Bigotes, —Me dijo una vez Lucy llorando cuando llegué de una cobertura. Poco se sabe de lo ocurrido con Bigotes y solo nos quedó extrañarlo, igual que al resto de la pandilla que se han ido.

La tristeza le sobrevino a Lucy en alegría cuando supimos que nacieron los cachorros de la Chucha, y con ellos la pandilla creció.

En verdad me divierto escuchando las historias de la pandilla desde la ventana. Les pongo más atención cuando Mayita me alerta y les ladra montada en el sillón.

A las 19:15 sin falta todos se reúnen en una de las banquetas porque sale la señora con su cacerola y reparte la cena. Entonces llega el alboroto y mujer no tarda en poner orden.

Mayita no deja de ladrarles desde la ventana y comprendo que quisiera estar allá en medio de todos aprovechando cualquier tortilla dura que eche la señora.

Pero Mayita ya es una perrita anciana. Ella tiene su propia historia. Sus cataratas en los ojos la hacen tropezar al primer escalón que baja del edificio, dos de sus muelas ya se cayeron, le falla su corazón, su hígado y su estómago no soporta algo que no sea pollo o comidas blandas.

Me cuenta Lucy que Mayita llegó a su vida hace casi 14 años. La halló perdida en la carretera hambrienta y llena de pulgas y de miedo.

Es una de raza cocker, que de cachorra quizás fue lo más tierno, pero como suele ocurrir de alguien sin corazón, la abandonaron a su suerte cuando ya no les llenaba su miope amor por los animales.

Se puede decir que Mayita es de las primeras que llegaron al callejón y quizás la perrita más valiente que he conocido.

Cuando Lucy me cuenta su historia de resistencia, le abro más mi corazón. Es fácil extender amor a perritos como ella, que sufrieron la calle. Por eso me gusta tanto la historia que me cuenta Lucy de el callejón de los perritos.


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