FR Informante/Filiberto Ramos

—Aquí me pongo debajo de esta flor, dejo la puerta abierta, pasan y me saludan y yo les platico, —Me explica doña Juanita sentada en un pilar de tabiques debajo de una flor de campana que tiene a la entrada del zaguán.
Recuerda mucho, le gusta recordar. Esos años atrás, cuando iba al río por agua con la tinaja cargada al espalda o cuando San Antonio Acahualco era pura milpa y hacía tortillas martajando el nixtamal en el metate.
“Fui feliz pero había mucho pobreza”, me dice la abuelita de 99 años. El ocho de julio de 2024 los cumplió, me precisa. Y de sus carencias me dice que fue el andar descalza hasta caminar a Toluca y comer lo que el campo les daba con maíz, frijol y lentejas.
“Mis pies andaban siempre descalzos hijo. Pero mira, están bien, puedo caminar bien”, me explica la abuelita.
UN HOGAR CON RECUERDOS
Para entrevistar a la abuelita Juana Fabela tuve que cruzar esas calles que parten a San Antonio Acahualco. Hasta la calle de Hernán Cortez, donde luego me explicaron era un canal de agua cristalina del que se surtían de agua. Su hogar es una fachada de un portón negro con un cuartito al frente.
—¿Quién pregunta? —Me dijo uno de los hijos de doña Juana, que abrió el portón.
–De aquí no me voy, solo muerta, —ríe la abuelita Juana, pero casi al mismo tiempo llora. Este es su hogar, con un patio amplio al que uno entra por un zaguán color negro que tiene colgados del lado derecho unas macetas de esa planta llamada “cola de borrego” y del lado izquierdo, las tan apreciadas campas de flor donde se sienta nana Juanita a divisar a las gentes.
Luego pasando el corredor para llegar al patio se levanta un nopal y un durazno. Al fondo hay una puerta color azul cielo y los pilastronws del petril son rojizos.
“Nací en 1925, el ocho de julio”, precisa la abuelita Juanita.
—¿Cómo era vivir ese entonces?
—Muy diferente. No había luz, nos alumbrábamos con mechones de petróleo. Íbamos a lavar los trastes y la ropa al río. Acá estaba de este lado, dice mamá Juanita señalando con su bordón al horizonte.
También me cuenta que el lunes pasado que fue su cumpleaños llegaron a tocar la puerta.
“No quería abrir porque pensé que era ese nieto diablisimo que viene a tocar. Pero luego escuché a un niño y fui. Empezaron cantar el mañanitas y pos’ me puse muy contenta”, cuenta la abuelita.
Ese día hubo tres pasteles, dice uno de sus hijos, uno de los tres que le sobreviven de los nueve a doña Juanita.
Allí en la habitación, un radio toca canciones de Lucha Villa. En el pequeño cuartito está una silla de madera al centro y del lado otra pero de ruedas que ya no usa nana Juanita.
Hay muchos recuerdos. Hay un retrato colgado al lado de la puerta del cuarto, donde Juanita se mira joven a sus 20. Con unas trenzas y un rostro pulcro.
“Me casé a los 18 y así estaba”, sonríe la abuelita, y pareciera que sus arrugas desaparecen cuando me lo cuenta.
PRIMERA PARTE
Fotos FR























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