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Allí en los Portales de Toluca encontré a Chuchin entregando un globo y un oso a una joven. Pareciera que no es algo fuera de lo común. Al final lo explico.
Chuchín no tiene piernas y a diario rueda en el piso de los Portales para subsistir con las monedas que le echan a su jícara. Se estira desde su patineta para entregarle el globo que recojió una pequeña y se lo sostiene a la joven.
Ambos sonríen, mientras la gente que pasa les echa una sonrisa y los felicita.
Ella es vendedora de trastes de plástico que pone sobre el piso en una sábana que extiende. Ella es invidente y también a diario está allí en los Portales intentando subsistir.
El joven sonríe, casi como un niño. Mientras la joven de al lado juega con el osito y se lo pone en el rostro a Chuchín. Felicidad plena.
Entonces me doy cuenta que solo se requiere un globo, un osito y voluntad para atreverse a ser felíz al lado de ella.
Los veo desde el otro extremo del pasillo. Platican y solo leo sus labios para intentar saber qué se dicen.
—Una foto para las redes, Chuchín, —Le pido permiso y Chuchín y la joven sonríen. Le dejo una moneda y me retiro. Deja que pasen a solas la tarde de San Valentín.
Al final, no sé si sean novios, si solo sea un gesto de amigos, por estar en una circunstancia similar y pasear a diario los Portales para sobrevivir.
Pero la fotografía allí se queda. En un día de San Valentín.








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