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Es martes de Plaza. Pareciera. Porque todo el pueblo se juntó y nadie se mueve. Todos quieren ver el muerto ajeno. El que no duele, porque no es el propio.
—¡Váyanse, respeten! —pide un chavo al tumulto que miran sentados desde el puente. Al otro lado del puente. Montados en los juegos, desde el coche, mientras caminan y voltean a donde parpadean las torretas de las patrullas. Se suben a las bateas de las camionetas y estiran el cuello para ver.
—Hay que alejarse, vamos a acordonar, ya nadie puede estar aquí, —ordena uno de los policías, cuando atiende la llegada de los peritos.
El cuerpo está rodeado de dos patrullas, cinta amarilla y docenas de ojos que pareciera pueden mirar debajo de la sábana blanca, a la que le pusieron encima dos piedras para que no vuele.
Es martes y a esas horas en el centro de Ocoyoacac hierve con gente. Todos miran y hacen conclusiones.
Los policías intentan ahuyentarlos con más cinta amarilla. Como si fueran moscas.
Los peritos que llegaron en Charger negro, piden que haya más espacio libre de gente.
Este mismo martes al sur de Toluca los mismos peritos a bordo de ese Charger negro, levantaron en solitario el cadáver de un empresario al interior de una hacienda. Sin reflectores de quienes miran.
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