FR Informante

—Resista, no se venza, le decían a don Toño las personas que se acercaron a la acera luego de ver que la pipa lo había arrastrado. Era imposible, porque don Toño ya tenía las piernas rotas y no respondía.
A la esquina de Industria Minera y Alfredo del Mazo llegaron de todos lados los dulceros, limpia parabrisas, el señor del puesto de periódicos, el de las carnitas, los de la Comex, el checador de los camiones y al último los paramédicos.
Don Toño falleció rodeado de un tumulto de gente que hacía que hirbiera más la tarde, hasta que la policía llegó, acordonó con esa cinta amarilla que pareciera, es como un alambre de púas electrificado que ahuyenta.
—Yo estaba aquí, miré que lo arrastró con esas cosas verdes y le chiflamos al chófer, pero creo iba viendo el celular», dijo el checador que se pone a diario con un banquito frente a la tienda de pinturas Comex.
«La gente lo correteo y le dio unos putazos», comentó otro curioso que se acerca para abonar al sondeo que hago.
El checador dice que desde allí, en su especie de palco, miró toda la tragedia.
«Pues aquí todos lo conocían como el abuelito o el abuelo».
—¿Lo saludabas?
—Sí, en la mañana me pidió que le pusieras gotas en los ojos, me dijo el cacharpo a tes de correr con su libreta y su pluma fuente a darle el tiempo de cronómetro al chofer de Flecha Blanca que había llegado.
—Ay Dios mío, ¿entonces sí fue el señor de los lapiceros?
Preguntó una vecina que dice, todos los días echaba platica con don Toño.
—Si apenas en la mañana platiqué con él. Tenía la esperanza que no fuera él. Ahora ya que en paz descanse, remató la mujer en su lamento al anciano extraño, a quien solo conocía por esa rutina diaria de vender lapiceros en el semáforo, con su gorra color naranja y su bastón.
Allí en el asfalto negro cocido por el calor de la tarde de jueves, quedó una gorra con forro naranja, un bastón, un zapato y una veladora encendida.








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