Despertar con atole de champurrado

FR Informante/Filiberto Ramos Aquí se madrugada y se mojan las manos con agua de nixtamal, antes de cantar los gallos, antes que el día se levante, dice mi madre. Aún sonmonoliento escuché que rajaba un trozo de ocote. Macheteaba una tras otra sentada en una sillita. La encontré atizando la lumbre de la parangua. —Voy…

FR Informante/Filiberto Ramos

Aquí se madrugada y se mojan las manos con agua de nixtamal, antes de cantar los gallos, antes que el día se levante, dice mi madre.

Aún sonmonoliento escuché que rajaba un trozo de ocote. Macheteaba una tras otra sentada en una sillita. La encontré atizando la lumbre de la parangua.

—Voy a hacer atole de champurrado, me dijo.

Yo aún acostumbrado al gélido frío de Toluca, con la neblina que sube de la laguna de Jarácuaro, me vencí. Salgo envuelto en cobijas a acompañar a mi madre.

Aquí en la antigua isla de Jarácuaro, Michoacán ya cantaron los gallos, ya se escuchó el megáfono llamar al rosario de las siete. Y en sus calles desfiguradas ya hay mujeres que como mi madre, caminaron al molino.

También uno de mis hermanos ya salió rumbo a la jornada del arándano a los campos de Ario de Rosales. Igual que muchas familias de aquí, que se emplean en eso.

Otro de los hermanos apenas regresó de una contratación con la banda de música por el día de Lupita.

—Fuimos lejos, allá por la sierra, me dice, antes de irse a dormir un par de horas y vencido de cansancio.

Sigo escuchando los gallos y dice mi madre así cantan porque están avisando que va a llover.

—Esos así avisan, explica.

—Ponte otro suéter, me dice mi madre desafiando el frío con sus manos mientra lava el nixtamal para el atole de champurrado.

Sus rodilla están atrofiadas por la artritis y los resfriados de diciembre ya la echaron en cama varias veces. Pero ella allí sigue, visitando las mañanas antes de que canten los gallos. Enciende su lumbre y lava trastes con un poco de agua que calentó en su parangua.

Nos distraemos mientras charlamos de la fiesta de ayer a la Guadalupana, sobre el reciente alivio de mi hermana con su tercera hija. Con esos cantos insesantes de gallos que entonan detrás del gran fresno del solar.

La lumbre ha hecho lo suyo y el ambiente goza de un poco de calor.

Mi madre se subió a la parangua para bajar dos cubetas de nixtamal qué alistó para ir a moler. Le ayudo como puedo. Cargo la cubeta más grande hasta el molino de Arturo Pichataro. Allí ya hay otras mujeres. Mi madre es el tercer turno.

Igual que ella, todas a esas horas ya van con solo un suéter delgado. No se humectan crema, se humectan masa.

—Primero hago el atole y luego tortilla, me explica mi madre, mientras cambia los leños a su otro fogón. Yo impaciente ya quiero probar el atole.

Fotos FR Informante


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