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Van y vienen. Se detienen dos segundos en un semáforo y pedalean de nuevo. Culebreando sus frágiles cuerpos y ruedas entre las toneladas de lámina que pareciera se los «comen» cuando se meten en las fisuras qué dejan del carril esos camiones de carga.
Son las 18:30 horas. Es Tres Caminos, le dicen así por esa división de curvas al norte, oriente y poniente. Yo le digo la «Calzada de los ciclistas». La Calzada de los obreros de las fábricas de Lerma, de Toluca, los albañiles qué siempre tienen una chamba en un residencial de Metepec o más hacia adentro en Calimaya.
Van en grupos de seis, siete y diez. También van solos, con su foquito que nunca deja de parpadear y si estampita de San Judas o el Santo Niño. De la virgen. Nunca van solos, pues.
«Unos diez kilómetros a diario», me dice de rápido un joven albañil que va de San Pablo a Metepec y que pareciera sus piernas ya adherieron al arco de la bicicleta.
«Así es, ¡saludos!», dice el constructor de casas y se esfuma entre las toneladas de láminas y lo oscuro de la noche que lo va alcanzado.
Lo dice fácil y a mi hasta las rodilla pareciera me duelen de intentar entender cuánto camino es ese.
«Hace falta una ciclovía», dice uno y otro en esas paradas de segundos qué hacen el semáforo de Tres Caminos donde me los encontré.
Hace falta una ciclovía en la «Calzada de los ciclistas». Esa qué conecta al norte olvidado desde siempre en Toluca.
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