Crónica: Jessica y la injusticia que duró seis años; hoy iniciaron audiencias

FR Informante/FIliberto Ramos Aún del otro lado de la bocina del celular, se escucha inhalar profundo y suspirar a Juana Pedraza. Pareciera que por fin descansa después años de insomnio, de cargar la cruz morada y retrato enorme donde su hija Jessica aparece con su bata.—Ya detuvieron al feminicida de mi hija, le explaya Juanita…

FR Informante/FIliberto Ramos

Aún del otro lado de la bocina del celular, se escucha inhalar profundo y suspirar a Juana Pedraza. Pareciera que por fin descansa después años de insomnio, de cargar la cruz morada y retrato enorme donde su hija Jessica aparece con su bata.
—Ya detuvieron al feminicida de mi hija, le explaya Juanita del otro lado de la bocina y casi la escucho soltar lágrimas.

Intenta explicarme esos seis años en pocos minutos. Trastabillea, enreda las palabras y se apura, porque por la tarde estará en la primera audiencia de su hija.
A Juana Pedraza la conocí casi un año después del feminicidio de su hija. Aún no tenía esa fuerza en su mirada. Lloraba demasiado y comía poco. Luego encontró el valor y un día me dijo que no le lloraría más a su hija, hasta tener en sus manos un sobre con justicia.

«Te aviso primero a tí porque me has ayudado mucho», me dice en la llamada Juana.

EL HORROR DEL FEMINICIDIO

La doctora Jessica encarna el horror del feminicidio en el estado de México. Encarna también una de las primeras batallas de madres activistas que se formaron en el Valle de Toluca.
«A mi hija le arrancaron el rostro», dice de forma literal Juana en cada entrevista que ha dado.

En el retrato de Jessica que las colectivas feministas colocaron este miércoles afuera de los juzgados de Lerma, solo puedo imaginar esa cirujía que le hicieron el rostro a la joven doctora y del que cuenta su madre.

UNAS HORAS POR SEIS AÑOS

Ya hemos aguantado casi las seis horas frente a los juzgados. El estacionamiento es un mechero de esperas.
Es un ramillete de gentes que han perdido el ánimo con el frío de la noche. La hermana de Jessica y las colectivas ya pusieron un altar en el brazo de una lámpara frente al enrrejado de los juzgados.

«Aquí, justo aquí para cuando salgan que sea», dice el grupo de encapuchadas.
Rayaron unas cartulinas blancas, azules, amarillas y una lona con un lazo amarrada a la reja y el poste.

Del otro lado, donde aguantan los otros, los familiares de Javier «N», hay un ramillete de silencio. Grupos de tres y cuatro que intentan sofocar el frío sin soltar las cartulinas desgarradas por los brotes de dimes y diretes que cocinaron toda la tarde.

—¡Malditos, defienden a un feminicida!, Le gritó una mujer al tumulto y le arrancó las cartulinas burlando la valla de policías.

Las afueras de los juzgados en Lerma se convirtió en un caldo de emociones todos la tarde.

—¡Javier es inocente¡, Gritan. —Si sabía que era casado para que lo buscaba, arremeten, sobre las mujeres, en su mayoría jovencitas que llegaron intentando abrirse paso hacia los juzgados.

Mientras las colectivas les echaban a todo el volumen de su bocina, los otros respondían con el claxon de una camioneta color negro tipo Silverado a la que le quitaron las placas en cuanto llegaron y se estacionaron.

Adentro en los juzgados, la audiencia quizás también se realizaba con la misma euforia.

«Golpearon a una niña», reclama los familiares de Javier «N».

Lo que cuenta es casi de una escena de película de acción: Los PDI habrían llegado al domicilio de Javier «N», y se hicieron pasar por Siervos de la Nación del Gobierno federal ofreciendo inscripciones para becas.

De esa forma lograron que las jovencitas facilitaran sus datos personales y los PDI confirmaran que era el domicilio de la orden de aprehensión.


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