FR Informante/FIliberto Ramos
El dictamen de un médico Legista, un juez y un taxista, le cortaron la vida y la justicia a Fermín Romero, dice su hermano Cirilo. También dice que están decepcionados de la ley que le ha fallado a los Romero, porque el responsable de atropellar y matar a su hermano, salió libre cuando aún no cumplían con el l sepelio de Fermín.
«Ahorita nosotros estamos decepcionados de la ley, porque no hay justicia para nosotros los afectados», dicta Cirilo Romero cruzando los brazos de forma literal.
UN DÍA COMO OTROS
Fue un domingo la muerte de Fermín, el 20 de junio pasado. Cirilo y Eusebia relatan lo que recuerdan y permiten hacer que este reportero imagine la rutina de Fermín.
Es domingo por la tarde, pasadas las seis, Fermín montó su bicicleta y se colgó una mochila a la espalda. Lleva su chamarra y comida para soportar la guardia nocturna en el taller en que se emplea de velador.
Era un domingo como otros, y de trabajo para Fermín, porque durante el día, era albañil y por las noches velador. Aún así siempre buscaba tiempo para ser padre y esposo, cuentan sus hermanos.
«Andaba siempre en bici», nos aclara su hermana Eusebia. Logramos imaginar a Fermín pedalear por las calles toscas de San Antonio Acahualco, en Zinacantepec. Desde la calle Tecolit hasta el Circuito. Allí ocurrió todo.
La calle está en reparación, por eso ilógico pensar que pase un vehículo a más de 30 kilómetros por hora. Pero el taxi lo hizo. Fermín no lo miró venir.
El auto tipo Tiida fue esquivado primero por un peatón que se aventó a donde pudo. Pero Fermín no pudo y lo embistió de tal forma que la bici quedó colgando de los cables de luz.
Las fotografías que los hermanos Romero y los hijos de Fermín recolectaron en el lugar de los hechos muestran mejor la escena. Ellos incluso aún llegaron a ver cuando los peritos descolgaron la bici y se la llevaron como prueba.
UN PAR DE BOTAS
—¿Qué queda de Fermín aquí?
—Todo, sus herramientas y sus botas, responden los hermanos Romero.
Cirilo sube a la segunda planta de la casa que está en obra negra. Saca de una caja el cincel, pala, cintas y una cuchara. También unas botas aún llenas de mezcla y cemento.
«Son las que usaba para el trabajo», explica Fermín.
Las botas y la cuchara las bajó y puso sobre la mesa del altar frente a la foto de Fermín que tiene portarretratos que le hizo una de sus sobrinas.
En ese pequeño espacio nublado con tonos rojizos por la lona que pusieron sobre el patio, se siente el calor familiar de los Romero.
EL HIJO PEQUEÑO
Doña Adalberta se pasea pasiva y alejada por el patio de la casa, se mete a una habitación para abrir las cortinas y se sienta al pie de la cama. Luego su hijo Cirilo le pide que se acerque al pequeño cuarto donde está el altar y la entrevista.
Y doña Adalberta Rodríguez saca sus recuerdos con el retrato de su hijo Fermín en brazos. Dice que era su hijo el más pequeño, el que nunca le causó pesares, el que proveía aún con un poco de dinero.
Con el que fue a un último viaje familiar a Bejucos.
«Ese día fuimos a Bejucos», rie doña Adalberta y su hijo Fermín también en esa foto que arropa la mujer en sus brazos.
UNA LABOR POR JUSTICIA
Cirilo es ahora el hermano pilar, el que reconoció el cuerpo en la morgue, el que organizó el sepelio y arregló los papeles del cementerio y quien encabeza las brigadas para ir a recolectar testigos que sirvan en la próxima audiencia.
—¿Cuántos testigos llevan?
—Seis, incluído el del señor que también iba a ser atropellado, dicen.
Eso y los vídeos recolectados del día de los hechos, es lo único que tienen de su lado, por el momento.
Porque la Fiscalía ha contribuido poco y debieron contratar un abogado privado.
Para cerrar el caso en los juzgados les ofrecieron los 60 mil pesos que el taxista pagó de fianza. Pero los Romero lo consideraron una burla.
«Solo esperamos que se haga justicia», expresa Cirilo antes de despedirnos.









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