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La tinta del pulmón que le pusieron a Lady sobre ambas manos casi escurre con el sudor. El Sol arrecia más que otros días. Al lado está Lilia quien saca sus manos sobre las rejas, las suelta, simulando lo que ocurre en las cárceles.
Lilia intenta no llorar para no secarse y borrar las letras que le pusieron en las muñecas. Las letras dicen «Libertad».
Es viernes, un día no ordinario, porque el Meteorológico Nacional informó que pasa una onda de calor por todo el país. Aún así Lady Plácido y otras mujeres decidieron montar una celda con barrotes reales frente al palacio del Gobierno estatal de Alfredo del Mazo.
Ayer no les hicieron caso, por eso regresaron y se metieron a una celda de tres por tres y se encadenaron las manos.
Lady, la mujer que se hizo activista y fundadora del colectivo Haz Valer mi Libertad para defender a su hermano Daniel, que está preso, explica que la celda con alambre de púas, es para exponer cómo viven sus familiares en las cárceles mexiquenses.
«Hay 20 personas en una celda como esta, allí duermen, allí comen y allí hacen del baño, pegado uno al otro de espalda», testifica Lady.
AÑORAR UNA VIDA CRIANDO BORREGOS
El calor es sofocante e intentar sentarse es como hacerlo en un horno. Por eso las mujeres se mantienen de pie. Por unos instantes se sientan sobre el concreto negro de la calle de Lerdo. Aún Lilia con sus enaguas mazahuas siente lo duro del sol sobre sus pies.
«Semos indígenas mazahuas de Villa de Allende», me intenta explicar Lilia con su atrabancado castellano. Me habla en mazahua pero luego regresa al castellano porque entiende que solo puedo leer sus labios.
Y Lilia llora sin consolarse, se tapa el rostro con la mano que tiene libre de las cadenas. Y Lilia me recuerda a mi madre a cientos de kilómetros. Aunque su prisión es distinta, sus lágrimas son similares y no evito compararles y querer arrebatarles ese dolor. Esa angustia que oprime el pecho de todas las mujeres que están allí en ese enrrejado y el de mi madre a cientos de kilómetros.
Lilia añora años atrás, una vida en el campo, donde con su esposo tenían unos borregos y los arriban y eran felices.
Y aún con los 70 años de sentencia, Lilia tiene esperanza que esa vida vuelva con la amnistía.


















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