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A él le llaman Jersaí y a diario se sienta en lo duro del paso peatonal de un semáforo de la Maquinita con su libro entre ambas manos. Con su sudadera roja y su mochila recargada en la base del anuncio vial. Encorvado de su espalda y la mirada puesta al libro de lecciones. A él le dicen ahora las redes «el niño que estudia en el semáforo».
Y Jersaí a diario llega de Santiago Miltepec con su hermano mayor Edson, su padre que hace malabares con machetes y su madre que vende Vive 100.
Cada uno a lo suyo, como si fuera irse al campo a la siembra o una fábrica. Es la misma suerte en todos lados, deben sortear el bocado que llevan a la panza todos los días.
El mundo de Jersaí es un crucero de coches, de puestos de periódicos, de otros niños juguetones que se parecen a él. De una selva de asfalto que se cuece al sol del mediodía y deja pocas monedas.
Cando el semáforo pasa a la luz en verde, su padre se agacha y le intenta explicar lo que el pequeño no entiende de la lección de Matemáticas y Español.









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